Son instantes que olvidamos fácilmente, y que nos alejan de momentos tristes, y a su vez, únicos segundos para recordar de un largo día, de aquello tan cotidiano.
La cara se desforma y el otro parece contagiar el gesto, los ojos se achinan y la nariz se achica.
Cuando esta sensación nos inunda, las lágrimas salen sin necesidad por momentos, y eso exagera nuestro estado y la respuesta del otro.
Distancia corta que pocos logramos hacia nuestro contrincante. Muchas veces por alegría y otras con la más sabrosa ironía.
Cuando logramos que sea sutil y lenta, demostramos cordialidad y otras veces, delatamos el encantamiento que genera el instante.
Y si logramos que sea desde el alma el otro puede encandilarse con el brillo que se desprende.
Una forma y una ironía a la vida, una opción para dejar la soledad y la tristeza. Está sólo en nuestro cuerpo, guardada en el interior sólo para los mejores, aunque sean pocos los que la merecen.