Adultos con cuerpos de niños, entregan una imagen a cambio de nuestra miseria.
La adolescente de pelo alisado, comienza su diaria función con su maquillaje en la mano.
El niño de impecable traje, seca con su descartable el sudor del agotador día que lo espera.
De a ratos se los escucha gritar a ellos, los que saben qué estamos necesitando y lo entregan a un precio nunca visto.
Señores que duermen de pie, tomados del techo, un techo que poco deja sostener por el intenso y continúo moviendo.
Señoras que sostienen con su maño sus ocupados vientres, no han podido conseguir un lugar algo seguro.
Una muñeca se eleva, él mira su brillante reloj e infla sus cachetes, los parlantes anuncian una nueva demora.
Ruido, mucho ruido no deja concentrar a la solitaria muchacha que observa en un cauteloso silencio, aunque aún así su mano de desliza rápidamente en un papel arrugado.
La joven saluda al muchacho que sostiene muy fuerte su celular, sólo uno de ellos queda.
Un niño llora la aburrida espera.
Empujones y apretujones anuncian un día igual a cualquier jueves, mucha adrenalina corre entre la masa.
Él la mira a ella, y ella nunca ha percibido su mirada. El muchacho corrige la arruga de su frente y sujeta con firmeza el ramo de jazmines que aún sigo degustando.
Todo queda inmóvil, ya debo bajar. Voy en busca de esa mirada que estoy segura algo quería decirme. ¿Porque no ha podido? Mucho miedo ha disfrazado su coraje.
Nunca podré confundir esa mirada, nunca…