jueves, 13 de marzo de 2008

A pedido del protagonista.

Ha llegado la hora que fracciona el infierno en dos largos días. Cruzando las puertas de un hermético vidrio finamente decorado, mucho cemento, aire repleto de almas ficticias, egoístas y sumamente independientes, cada una de ellas vive su día y viaja por sus propios medios en cada uno de sus mundos. Todos corren como si el día terminara en ese mismo instante, sin darse cuenta que el sol está en su joven momento.
Respiran un intenso aire viciado que rápidamente consigue que tengan ganas de volver a encerrarse, sin importarles cual sea ese sitio. La libertad la perciben adentro y no afuera.
Ella impaciente, disfrazada de rojo alerta, cruza con libertad cualquier calle y avenida que se le antepone.
Él muchas veces la sigue, otras veces la frena, otras la guía, otras la escucha con compasión y bronca, otras sin entender y sin poder responder, pero todas las veces la acompaña con el mismo fin… mantener su calma, y brindarle paz con sus palabras siempre tan acertadas.
Y eligiendo rápidamente el lugar que consiga hacerlos llegar al último día laboral, atraviesan un nuevo vidriado. Eligen esa mesa que permita un espacio tranquilo y solitario. No dejan de perseguir al reloj que impacientemente les informa que deben correr.
Con ánimo de quien desea empezar un día exitoso, corren esquivando a la alocada masa, de la cual ellos muchas veces son parte, y otras, convierten su mundo en algo individual, demasiado particular. Y ahí están, una vez más, esas puertas frías, que ya se han convertido en acero, que imponen temor al cuerpo y a la mente.
Escalón por escalón se dirigen al segundo día. Desde el cemento ya pueden oírse los lamentos.
Ese día comienza, ruido, números, ruido, corridas, ruido, peleas, ruido, música, ruido, fastidio, ruido, cansancio, ruido, consejos, ruido, independencia, ruido, llamados, ruido, bronca, ruido, deseos y pocas cosas... poco... muy poco los espera... la ficción diaria.
Saludo cordial y fuerza mutua. Algo de eso infieren y también esperan. Afortunadamente están a punto de encontrarse con la realidad, esa que desesperadamente ansían desde el momento en que cruzaron el maldito vidriado que se convertirá en su fuente de deseos.