Y aunque salgamos de esa realidad por segundos, velozmente se acaban las alternativas para sobrevivir, nos miramos y volvemos al mismo lugar.
Sin un parpadeo que nos de libertad, nos encontramos sin poder fragmentar un día en el infierno, y entre papeles, ruidos, teléfonos, pedidos, un vidrio que no nos deja ver más que el día que sólo ellos pueden disfrutar o maldecir, el estomago se endurece, y el celular no deja de calcular los números que vendrán, esos números que nunca vemos llegar.
Esa vuelta que propone un despeje, esas ganas de sentirnos libres por una hora, esas ilusiones de vivir mejor, esos proyectos que anhelamos, ese aliento mutuo que nos cuesta cada día más, esas propuestas de lucha, esas futuras charlas planeadas, esas, esas… y tantas cosas quedan capsuladas en ese maldito lugar que atrapa nuestra mente y en nuestro mundo ficticio que termina devorándonos impunemente.
¿Cómo terminar un día con felicidad? ¿Cómo convivir con tantos miedos y deseos mutilados?
Quisiera responder esas preguntas para que se lea un final feliz, pero tristemente hoy no veo ese rayo de luz para escribir que lo bueno está por llegar. Sigo siendo la misma que puede escucharte y que desea que la escuches, la misma que intenta darte aliento para que seas vos, el que me de fuerzas, y para que al menos esas horas vuelen y podamos volar a nuestro mundo real.