Las páginas se volaban con el viento, el sol poco dejaba leer con sus resplandecientes rayos, el mate no se cebaba aferrado a un insignificante momento, los niños como palomas hambrientas buscaban su diversión, las familias mostraban más de lo que lograban ser, la señora pensativa añoraba sus años de gloria con sus bolsas amarradas al brazo de sus recuerdos, la calesita que giraba al sinfín de las melodías reiteradas, los globos volaban acariciando al viento, los árboles danzaban al ritmo de la tarde, el helado derretía el calor de los sueños, y las horas corrían ligadas a ningún deseo.Sosteniendo un frondoso árbol, allí estaba ella, queriendo demostrarle al domingo que podía ser más, mucho más de lo que siempre había sido. Y bajando la cabeza vio la luz de su teléfono encenderse, la melodía no se lograba oír, los ómnibus abrigaban cualquier eco melódico, pero sus ojos lograron ver que del otro lado del teléfono alguien la estaba observando, con la misma profundidad que esa noche de frío.
Con una sonrisa en su cara aceptó ese café que la esperaba del otro lado de la avenida, juntó su melancolía y con mucha ansiedad se dirigió a esa mesa donde las dos tazas de café, esperaban ser tomadas.
La plaza pareció desaparecer y el bar quedó absolutamente vacío de miradas curiosas.
Él se levanto y corrió su silla, con un ademán que causó dulzura, elegancia y a la vez una espontánea sonrisa.
Preguntas inevitables por el encuentro, respuestas encubiertas detrás de una pícara sonrisa y la palabra casualidad parecía ser la más elegida.
Palabras, preguntas, miradas, historias, y la más asombrosa confesión que dejó sin aliento al beso que observó como se consumía aquel cigarro.
Mientras el café se degustaba como ese mismo domingo de fábulas, la luna no tardó en mostrarse, ella pudo ser tan hábil como el encuentro. Y nunca faltaron las palabras y sus ojos hablaban más rápido que sus manos.
Ese bar siempre guardará sus secretos, cualquier jueves podrá ser domingo, y cualquier domingo podrá ser lunes, día que han elegido para pasar juntos esas horas que tanto disfrutan, para luego esconderse en una taza de café y deleitarse con besos que logran que un cigarro se consuma solo en una mano o tal vez posado sobre algún cenicero.