martes, 23 de septiembre de 2008

El ocaso

…y parece como si aún la viera, e intenté durante muchas noche atesorar aquella sensación. Era un mundo, nuestro mundo, y en él nuestra sonrisa, brillante y aniñada.
Eras vos…, era yo… y era suficiente.
Ella decoraba nuestros encuentros y titilaba hasta que el próximo llegaba.
Mis parpadeos reiterados parecían avivar el fuego y tu mirada…, ella sabía explicarlo todo.
Latidos acelerados y una mano que con dulzura encantaba al siguiente beso.
Y aquella tarde de invierno, sentí el sabor amargo de su partida, delante de mis ojos fue desapareciendo, como un barco perdiéndose en el horizonte.
Entre la lluvia se perdió y cada gota lloró lo que dejamos morir, lo que nosotros mismos supimos dejar ir.