Vamos por la vida recolectando momentos, guardando cada una de las miradas que nos hicieron brillar, aquellas palabras que nuestros oídos no pueden olvidar y a esas personas que no queremos dejar escapar.
Una noche, como tantas de aquellos días, caminaba por aquel pasillo oscuro; a mi derecha puertas, muchas puertas que me conducían a lugares que no debía volver a entrar. Con el alma quebrada tuve que cerrarlas, simplemente para poder llegar al final de aquel túnel; si no lo hacía, nunca hubiese encontrado algo de claridad.
Cuando el cielo volvió a mostrarme que la inmensidad pasaba por mis ojos y no por los ojos de los demás, cuando creí que estaba lista para ese abrazo que tanto necesitaba… en ese momento fue cuando con temor abrí una puerta, sin saber si ustedes estarían del otro lado, sin saber si me seguían esperando.
Para mi sorpresa, ahí estaban, con la misma sonrisa de siempre y los brazos extendidos para regalarme una noche.
Mientras trataba de pensar en nada, el timbre sonó y los nervios se multiplicaron, intenté ser natural, pero no creo que lo haya logrado, era inmensa la alegría que quería disimular…
Todo fue muy serio al principio, todo muy ordenado, mientras revolvía esa olla que no necesitaba ser revuelta, los minutos volaban y yo cada vez más feliz.
Un poco de juego, la torta en la heladera, un poco de palabras y la mesa estaba lista para comenzar.
La música que volaba, los relatos sabrosos, los miedos que nos atormentaban, los deseos que dibujaban una sonrisa en nuestra cara, el “no me vio” que endureció el estomago, cada uno de los cigarros, que fueron muchos; la bebida prohibida pero dulce, el encierro en la cocina a media luz, la torta con mate tapado, los chistes, la ironía, el celular que nadie atendía, las fotos que mostraban encías, los mensajes subliminales, los monólogos, las lagrimas que corrían por dentro… imposible enumerar cada momento… imposible relatar como mi alma volvió a tener vida a medida que el tiempo fue corriendo.
Y sin darnos cuenta nos sorprendió el amanecer, y la noche se nos había escapado dejando muchas cosas, muchísimas.
Cómo explicarles que el reencuentro fue mucho más que lo que pude haber soñado, cómo explicarles que los sentí tan míos como el primer día. Entendí que muchas veces hay que perder algunas cosas para poder disfrutar otras.
Porque supieron sentirme desde lejos, porque lograron entenderme, porque quisieron esperarme, porque no me equivoque al mirarlos, porque son mi familia elegida, porque no quiero sentirlos lejos nunca más, porque los necesito conmigo para siempre, porque quiero que sean felices, porque son ustedes los que me regalaron a mi esa hermosa noche que nunca podré olvidar, por todo esto y lo que se me olvida escribir, les prometo que nunca más los alejaré de mis días, y les pido que nunca dejen de abrazar con el alma cada uno de nuestros días.